Esa tarde llovieron mariposas. Caían a una velocidad tan grande, que explotaban en el suelo como pinceladas de colores. Visto desde arriba parecía un Pollock del mismísimo tamaño del universo.
Ese día, la lluvia abandonó su gris compañero para unirse a las estridentes maravillas de los arco iris. El sol ya no resplandecía. Nadie lo recordaba.
Esas mariposas; mariposas cometiendo suicidio a cambio de devolverle la vida al mundo, sacrificando sus cortos tres días de vida por la felicidad ajena.
¿Que si fue un milagro? ¿que si un fenómeno natural? Nada de eso. Fue algo mucho más simple y hermoso. Sucedió el día en que se conocieron. Caminaban por el mundo encontrando algunas razones para estar en él, pero nada sobrenatural como para valorarlo; andaban y desandaban los minutos con la rutina envolvente cuasi asfixiante de la vida sin pasiones. Eran dos corazones rotos que vagaban por el aire, que respiraban entrecortado y se alimentaban de fantasías que siempre morían siendo sólo eso: fantasías. Eran almas que sonreían de a ratos. Eran almas que sin llorar, personificaban la tristeza.
Pero esa tarde, ese día tan igual a todos los demás, lleno de los mismos rostros y las mismas desafinadas melodías, ese día cambiaría la mirada para siempre.
Ambos acostumbrados a vivir alegrías sólo en su imaginación, jamás pensarían un encuentro tan perfectamente insólito: descubrirse en sueños. ¿Que si fue un milagro? ¿Qué si existen las coincidencias? Nada de eso. Fue la vida decidida a regalarles aquello que jamás habían tenido y que, de tanto palparlos, sabía que la única manera de cruzarlos era en su misma soledad, en esas horas en que ni siquiera podían ser dueños de su propio mundo, porque la vida estaba decidiendo por ellos.
La rutina los ahogó en el hastío del calor y la humedad urbana. Y de repente, sin más razones que las razones mismas, llovieron mariposas, el cielo fue puntitos de colores, el suelo fue lienzo de artistas y ellos se encontraron con la mirada, se descubrieron únicos. Se desvanecieron todas las demás personas, desaparecieron las cosas. Eran ellos dos y una galaxia de mariposas en multicolor. La vida les enseñó las sonrisas, la piel y la felicidad eterna envuelta en dos almas destinadas a unirse para siempre, en sueños, hasta que alguno despertase.
Ese día, la lluvia abandonó su gris compañero para unirse a las estridentes maravillas de los arco iris. El sol ya no resplandecía. Nadie lo recordaba.
Esas mariposas; mariposas cometiendo suicidio a cambio de devolverle la vida al mundo, sacrificando sus cortos tres días de vida por la felicidad ajena.
¿Que si fue un milagro? ¿que si un fenómeno natural? Nada de eso. Fue algo mucho más simple y hermoso. Sucedió el día en que se conocieron. Caminaban por el mundo encontrando algunas razones para estar en él, pero nada sobrenatural como para valorarlo; andaban y desandaban los minutos con la rutina envolvente cuasi asfixiante de la vida sin pasiones. Eran dos corazones rotos que vagaban por el aire, que respiraban entrecortado y se alimentaban de fantasías que siempre morían siendo sólo eso: fantasías. Eran almas que sonreían de a ratos. Eran almas que sin llorar, personificaban la tristeza.
Pero esa tarde, ese día tan igual a todos los demás, lleno de los mismos rostros y las mismas desafinadas melodías, ese día cambiaría la mirada para siempre.
Ambos acostumbrados a vivir alegrías sólo en su imaginación, jamás pensarían un encuentro tan perfectamente insólito: descubrirse en sueños. ¿Que si fue un milagro? ¿Qué si existen las coincidencias? Nada de eso. Fue la vida decidida a regalarles aquello que jamás habían tenido y que, de tanto palparlos, sabía que la única manera de cruzarlos era en su misma soledad, en esas horas en que ni siquiera podían ser dueños de su propio mundo, porque la vida estaba decidiendo por ellos.
La rutina los ahogó en el hastío del calor y la humedad urbana. Y de repente, sin más razones que las razones mismas, llovieron mariposas, el cielo fue puntitos de colores, el suelo fue lienzo de artistas y ellos se encontraron con la mirada, se descubrieron únicos. Se desvanecieron todas las demás personas, desaparecieron las cosas. Eran ellos dos y una galaxia de mariposas en multicolor. La vida les enseñó las sonrisas, la piel y la felicidad eterna envuelta en dos almas destinadas a unirse para siempre, en sueños, hasta que alguno despertase.




